Padres en Proceso de Duelo (Para participar es necesario registrarse)

Un espacio de mutua-ayuda para Padres que han sufrido la pérdida de uno o más hijos. Nuestro objetivo es compartir experiencias, fortalezas y esperanza que permita transformar nuestro sufrimiento; tendientes a la búsqueda de un nuevo sentido a la vida.
 
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 El miedo y el dolor ante la muerte - Víctor H. Palacios Cruz (Boletín Renacer - Nº 134)

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MensajeTema: El miedo y el dolor ante la muerte - Víctor H. Palacios Cruz (Boletín Renacer - Nº 134)   Mar Jul 05, 2011 5:16 pm

Hace ya un tiempo que medito, con mis alumnos de Estudios Generales en el apacible campus de la Universidad de Piura, el esquivo y delicado tema de la muerte. En cada semestre -pues la presión de transmitir unas ideas las ensancha imprevisiblemente, más allá del guión preparado a solas- aparecen nuevas consideraciones y avanza, sin llegar nunca a su límite, una reflexión filosófica de la que hago aquí unos breves y rápidos alcances.


La muerte -serena, súbita, agónica, casual, infame o heroica- irrumpe en el estrecho círculo de nuestras atenciones bajo la forma de una noticia. Pronto, la curiosidad irresistible del observador la despoja de su aspecto meramente informativo para extraer su condición de fenómeno bajo la pregunta "en qué consiste físicamente". Por fin, en tercer lugar, la muerte se destaca por encima de las explicaciones estrictamente fisiológicas para revelar su contundente dimensión de acontecimiento. La interrogante es, entonces, "qué significa en sí mismo este final irreparable", es decir, "adónde va el difunto" y "qué quiere decir su partida a los sobrevivientes".


Desde otro ángulo de mirada, en estos tiempos de una extrema distancia entre las personas y el mundo, puesto que entre ambos se interpone el brillo voluble de un monitor, la muerte estadística -la de las hambrunas del África o los accidentes de tráfico en la sierra peruana- se vuelve sorpresa y devastación cuando es el deceso de los más cercanos, y enigma aterrador cuando, al fin, por la enfermedad o la edad, debe asumirse cabalmente en primera persona. Recién en tal momento se comprende su radicalidad y se acepta su incomprensibilidad. Recién entonces, como diría Yukio Mishima, se prueba la resistencia del metal del que cada uno está hecho.

El hombre es el único viviente que sabe de su muerte. Sólo él hace de su final una anticipación -angustia o expectativa- y un elemento integrante de su propia vida. De hecho, es más una preocupación de los que seguimos aquí que de los ya ausentes. Sin embargo, por ello mismo, racionalmente nada puede decirse con relación a lo que haya más allá del misterioso último instante. No hay experiencia de la muerte; por eso no sólo todos somos aprendices en ella, sino que escapa a toda descripción y a toda imaginación. En este sentido, la certidumbre de ser para la muerte -que defendía el gran filósofo alemán Martin Heidegger - es incapaz de proporcionar pruebas convincentes. Del mismo modo, ignorar deliberadamente el final inexorable es como vivir distraídamente y más bien su incorporación en el horizonte personal fortalece y otorga sabiduría (principalmente aquella versión socrática según la cual saber es advertir nuestro no saber).


Sin duda, es legítimo el horror que inspira su trance físico, pero es todavía mayor el que suscita la ignorancia de lo postrero y en particular el temor de la desaparición del yo. Si la muerte intimida terriblemente es porque el ser quiere ser, la vida anhela no dejar de vivir. El yo se constituye de recuerdos, deseos y vínculos, todo lo cual teme llegar a perder. ¿En qué medida, cabe preguntarse, el puro afán de perennidad o los lazos del amor -como sugieren Platón, San Agustín, Pascal y Levinas- apaciguan el alma ante la inminencia de lo irreparable?


De otro lado, la mortalidad es un rasgo sin el cual la vida humana se desdibuja irreconociblemente. En efecto, en la carencia de un límite -aunque mors certa, hora incerta-, el tiempo de la existencia se dilata indefinidamente y las horas que tenemos entre manos resbalan con indolencia, carentes del valor de su irrepetibilidad. En suma, la vida se priva de su característica dramaticidad. Por lo tanto, la conciencia de la muerte se hace conciencia de la vida: de la fugacidad y la irreversibilidad de los días, de la contingencia y la fragilidad que sostienen la existencia, de la pequeñez en que está inmersa la inmensidad de lo humano.


La evidencia del final suscita una irreprimible melancolía que impregna la percepción de todo lo vivido, según las memorables coplas de Jorge Manrique. "Vivimos como en permanente despedida", añade Rainer María Rilke. No obstante, al disiparse la primera bruma de aflicción queda la preciosidad del instante, la urgencia del carpe diem. Es la certeza del plazo acotado lo que apresura al vivir en la conquista de su propio valor. Implícitamente o no, la muerte pone en marcha la vida de cada uno, en tensión hacia alguna forma de plenitud. No sólo se desea ser feliz, sino que se procura serlo porque el tiempo no cesa. Pero, por una parte y como dice Sabato, "la vida se hace en borrador y no nos es dado corregir sus páginas", y por otra, la muerte no avisa y suele interrumpir el camino apenas emprendido. Entonces, ¿la muerte hace absurda la existencia, puesto que la moviliza en dirección de lo que ella misma impide? Quizá lo preciso no sea abandonar el proyecto de la felicidad, sino corregir su planteamiento. La condición humana -tensa entre lo puro y lo mezquino, entre lo terrestre y lo celeste- sitúa la felicidad no en la realización, siempre incompleta además, sino en la búsqueda, el esfuerzo, la tenacidad.


La revelación del final deviene ética, pues, como enseñan las películas de Kieslowski, lo importante no es alcanzar la dicha sino agotarse detrás de ella. El hombre nunca está quieto, siempre insatisfecho, pues "nunca es el que es sino el que quiere ser", según palabras de Octavio Paz. Así como la sabiduría está no en la posesión del sentido sino en su interminable exploración y la fortuna de los pueblos no en su justicia perfecta sino en su aspiración constante a ella, la plenitud individual reside no en la dicha consumada -tampoco en la pura intención- sino en la propia actitud, erguida y tranquila a la vez, ante la imperfección de los resultados. (No habitamos el reino de lo absoluto.) En esto consiste justamente la dignidad de la vida.
Por tanto, el morir es sombra inexpugnable y al mismo tiempo intensa luz que alumbra nuestra verdadera situación.


El autor es profesor del Departamento de Humanidades de la Universidad de Piura.
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